Ante la naturaleza, el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza; pero es un junco que piensa.”Blaise Pascal
Para Ana María, Patricia y Héctor
Había intentado hacer el Camino del Inca en Perú desde hace algunos años; recuerdo dos veces al menos donde no había manera de entrar al parque nacional en las fechas que podía viajar. En esta ocasión, desde el mes de octubre aseguré mi entrada para el mes de mayo, con más de seis meses de anticipación. Invité a mi familia a la travesía; tres aceptaron.
Digamos que, en mi tribu, mi generación ronda los sesenta años; en esta ocasión, el promedio de edad de mi equipo fue de 68. El plan consistía en recorrer 42 km en las montañas del Perú en 4 días con desniveles de 1550 metros; la altura máxima del recorrido, un lugar mágico conocido como “Dead Woman´s Pass”, estaría a los 4200 msnm. Al final habríamos de llegar a la ciudad sagrada de Machu Picchu.
El Camino del Inca no fue solamente una obra de ingeniería. Fue una forma de entender el territorio y de tejer relaciones entre pueblos, montañas, valles y desiertos. A lo largo de más de treinta mil kilómetros, esta red de senderos unió lo que hoy conocemos como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina, convirtiéndose en la columna vertebral del Tahuantinsuyo, el gran imperio andino.
Por sus caminos transitaban los chasquis llevando noticias (el equivalente a los painanis aztecas), las caravanas de llamas transportando alimentos y mercancías, los viajeros compartiendo conocimientos y las comunidades fortaleciendo los vínculos que les permitían reconocerse como parte de una misma geografía cultural. Cada tramo era una conversación entre el ser humano y el paisaje; una respuesta respetuosa a la montaña, al río, al abismo y al viento.
El camino continúa ahí, atravesando los Andes como una memoria viva, recordándonos que las civilizaciones también pueden medirse por la calidad de los vínculos que son capaces de crear entre las personas, la naturaleza y el tiempo.
Hay caminos que no se recorren únicamente con los pies. El Camino del Inca, se convierte lentamente en una conversación entre el cuerpo y el entorno. Cada paso obliga a escuchar el ritmo de la respiración, dando información al cuerpo para que se vaya a la altura, una variable de la ecuación que tiene un gran peso en el resultado.
El camino exige concentración; hay que encontrar la piedra que nos permita caminar seguros y que nos deje ahorrar la energía que habremos de necesitar en otro momento. Aunque somos familia, la experiencia es un reto muy personal, físico, mental, que sin duda nos invita a comulgar en el plano espiritual.
Cerca de espacios ceremoniales y mientras caminamos, descubrí piedras talladas que representaban figuras antropomorfas, señales que dejaron los antiguos. Avanzar por el sendero es adentrarse en una memoria viva entre estas montañas.
Para los pueblos andinos, una montaña no era simplemente una formación geológica. Se consideraba un ser vivo, dotado de energía, voluntad y capacidad de influir en la vida de las comunidades. El apu (montaña sagrada) protegía los territorios, regulaba las lluvias, cuidaba los cultivos, velaba por los animales y acompañaba a las personas en momentos significativos de la vida.
Los apus representan la idea de que el paisaje posee conciencia y memoria. Las montañas son vistas como ancianos sabios que observan el paso de las generaciones, conservan las historias de los pueblos y mantienen el equilibrio entre el mundo humano y el mundo natural.
Ahí estábamos nosotros, familia, caminando paso a paso, en el primer puesto de control del parque nacional. Con la anuencia del oficial en turno, revisé las hojas del registro de los diversos caminantes, personas de todo el mundo entre 30 y 50 años la mayoría. A nuestros 68 años, definitivamente estábamos fuera de la normalidad; ya el haber decidido estar acá implicaba haber roto un límite.
Acampamos a bajas temperaturas, sufrimos un poco el frío y la altura, estábamos cansados, cada quien, lidiando con sus dolores, músculos, rodillas, cadera, tratando de regular la respiración en un sitio donde parece que el aire no te alcanza mientras caminas y donde esas pausas que te tomas para respirar te permiten ver el paisaje.
En medio de la fatiga aparecían recompensas difíciles de describir. El viento silbando como un antiguo lenguaje. Las terrazas suspendidas entre abismos. Las orquídeas creciendo entre las piedras. El sonido lejano del agua descendiendo por barrancos imposibles. Cada curva del sendero parecía recordar la extraordinaria capacidad del mundo para seguir creando, fuente de vida.
Todos los días hacíamos una parada para almorzar, en realidad el almuerzo implicaba además de comida, un descanso al cuerpo, íbamos llegando uno a uno, cada uno, a su ritmo, ahí, al que llegaba, los demás lo recibíamos con un beso grande y un abrazo fuerte, un abrazo profundo, solidario, reconociendo el esfuerzo y la fragilidad de cada uno, era como si en ese abrazo quisiéramos regalar nuestras fuerzas, a aquel que parecía necesitarlas más.
El día 3 fue el más difícil; caminamos prácticamente todo el día, nos levantamos a las 4 de la mañana e iniciamos la caminata a las 05:15 horas. Fueron 15 km de subidas y bajadas y llegamos a nuestro destino hasta las 8 de la noche. En estas latitudes, el sol se pone a las 5:30 de la tarde, de tal modo que el último tramo lo hicimos a oscuras; eso le dio otro matiz a la experiencia.
Esa noche llegamos a Phuyupatamarca, “la ciudad sobre las nubes”; el cansancio era profundo. Los músculos dolían incluso en reposo y el sueño no alcanzaba para restaurar el cuerpo; el agotamiento de la jornada más el cansancio acumulado de los días previos se notaba en nuestros rostros, en nuestros movimientos.
La montaña siempre revela algo esencial: la travesía desmonta certezas interiores. Obliga a reconocer límites que normalmente permanecen ocultos.
El último día nos tocó lidiar con un accidente; una persona de otro grupo cayó al abismo. El Camino del Inca, tan lleno de belleza, también nos mostró su dimensión más severa. Una donde la vida humana resulta vulnerable. Aquella experiencia dejó de ser únicamente una aventura. Se convirtió en una confrontación directa con la finitud.
La energía de nuestro equipo cambió radicalmente; todos pensamos que cualquiera de nosotros pudo ser el protagonista en el accidente. Eso nos llevó a recordar los traspiés, las veredas, las piedras donde resbalamos, el equilibrio a punto de romperse, la falta de fuerza en nuestras piernas para sostenernos en cierto momento, a pensar en la familia.
La llegada a Inti Punku, la Puerta del Sol, permanece como una de las imágenes más poderosas del viaje. Para los incas, aquel punto tenía un profundo significado ceremonial y astronómico. Era la entrada simbólica hacia Machu Picchu, el lugar donde el sol aparecía alineándose con la ciudad sagrada durante ciertos momentos del año. Cruzar ese umbral después del esfuerzo produce una emoción difícil de explicar.
Entonces, aparece la ciudadela.
Primero como una silueta y luego, en toda su magnitud. Las terrazas verdes descendiendo por la montaña, las estructuras de piedra perfectamente ensambladas, el vacío inmenso alrededor y el río serpenteando cientos de metros abajo. En ese instante uno comprende que Machu Picchu no fue concebida únicamente como una ciudad. Fue también un espacio de integración entre el ser humano, el cosmos y la naturaleza.
Llegar hasta allí después del esfuerzo transforma la mirada. No se contempla solamente una maravilla arqueológica. Se contempla también la capacidad humana de construir sentido frente a la inmensidad del mundo.
La expedición dejó huellas profundas en cada uno de nosotros; ya iremos descubriendo algunas respuestas con el pasar del tiempo. Fueron momentos donde la belleza y la fragilidad caminaron juntas. Donde cada piedra recordó que somos pequeños frente a la montaña, pero también que podemos ser todo lo que queramos ser; sin duda, una experiencia transformadora. Agradezco.
AGV