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“El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos.”
Albert Einstein

Hace quince años llegué a Cusco con la ligereza de quien todavía cree que los viajes ocurren afuera del cuerpo. Caminé sus calles empedradas, respiré el aire imposible de los andes y, sin entender del todo por qué, terminé tatuándome en el brazo derecho el cóndor de Nazca. El tatuador me preguntó en qué orientación lo quería; le dije: “Quiero que vuele hacia mí”.

No era un gesto turístico. Era otra cosa. Una necesidad extraña de llevar conmigo un símbolo atemporal que parecía venir desde muy lejos, desde un tiempo ancestral. Decidí que me acompañara hasta el final de mi tiempo.

La civilización Nazca habitó la costa sur del Perú hace casi dos mil años. Fueron hombres y mujeres capaces de entender al desierto, de construir acueductos subterráneos donde parecía imposible encontrar vida y de dejar sobre la tierra una escritura gigantesca que parecía que solo las deidades podían interpretar. Mientras otras culturas levantaban templos hacia arriba, ellos decidieron dibujar hacia el infinito. Figuras inmensas trazadas retirando piedras oscuras para revelar la tierra clara debajo, como si el planeta entero fuera una piel esperando ser intervenida.

Durante mucho tiempo esas líneas fueron apenas rumores dispersos entre campesinos y viajeros. Fue la arqueóloga María Reiche (alemana-peruana) quien desde mediados de la década de 1940 dedicó su vida a estudiarlas, protegerlas y convencer al mundo de que aquello no era un accidente ni una fantasía. Llegó al Perú y terminó viviendo para el desierto. Caminó kilómetros bajo el sol midiendo figuras con escobas, cintas y una paciencia casi religiosa. En una época donde pocos entendían la magnitud del hallazgo, ella defendió las líneas del abandono, del saqueo y de la indiferencia. Gracias a su obsesión, hoy seguimos mirando hacia Nazca como quien mira un misterio todavía vivo; las líneas de Nazca fueron declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1994.

Hoy, quince años después, regreso al Perú. Pero esta vez vine a encontrarme con el origen de mi tatuaje. Vine a mirar al cóndor de frente, a ese que durante años me ha acompañado.

El aeropuerto de Nazca es pequeñito, como suspendido en otra época. El viento levantaba polvo y el pequeño Cessna 207 de ocho pasajeros nos esperaba bajo el sol como un insecto metálico listo para internarse en el vacío. Ventanas pequeñas y un ruido áspero de la hélice rompiendo el silencio. Hay algo profundamente humano en subir a una aeronave diminuta para observar señales dejadas por otros hombres hace muchísimos años.

Cuando el avión comenzó su recorrido, los geoglifos comenzaron a revelarse. Desde abajo son fragmentos incomprensibles. Desde arriba aparecen completos, exactos, perfectos, silenciosos. El piloto inclinaba el avión hacia un lado y luego hacia el otro para que todos pudiéramos verlos. El océano de arena se abría debajo de nosotros mientras diversas figuras aparecían, cuando eventualmente vimos al cóndor, casi siento el brazo derecho arder debajo de la manga, como si el tatuaje tuviera una memoria propia. Allí estaba el mismo símbolo que me había acompañado durante quince años, pero ahora extendido sobre el desierto en una dimensión mágica. Ahí, tomé la mano de mi mujer, el cóndor que finalmente voló hacia mí y que ahora me acompaña, aquel que yo también acompaño, sintiendo y viviendo este momento único, compartiendo el vértigo, la altura, la emoción y la ausencia de palabras.

El amor quizá se parece mucho a esas líneas. Algo que se construye desde la tierra, piedra por piedra, como una escultura de barro, que se levanta poco a poco, con cuidado para no romperla en esa etapa de fragilidad, diseñando, formando, construyendo, reconstruyendo, confiando. Algo que adquiere sentido cuando se mira desde otra perspectiva, desde una altura distinta, desde el tiempo en retrospectiva.

El cóndor de Nazca finalmente se convirtió en un puente. Entre el hombre que fui hace quince años y el que soy ahora. Entre el desierto y la montaña y el río y el océano. Entre mi cuerpo y el suyo.

Y mientras el pequeño avión giraba sobre las líneas eternas del sur peruano, comprendí que algunos símbolos no se eligen. Son ellos los que nos escogen.

AGV

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