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El 8 de marzo no siempre es una fecha de celebración.
La red nacional Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México —más de 90 colectivos en 25 estados de México y 3 países de Centroamérica. — Reconoce que el movimiento de búsqueda en el país está impulsado principalmente por madres y familiares mujeres.
En México hay mujeres que no marchan con pancartas: marchan con palas. Caminan sobre la tierra como quien lee un libro oscuro. Buscan a sus hijos, a sus hijas, a sus hombres, a los que el país se tragó sin explicación.
En México, la búsqueda de los desaparecidos tiene rostro de mujer. No porque los hombres no amen a sus hijos, sino porque han sido las madres quienes han decidido convertir el duelo en movimiento, el miedo en organización y la ausencia en una causa pública.
Ahí están las mujeres del colectivo Madres Buscadoras de Sonora, caminando el desierto con la certeza brutal de que la tierra guarda respuestas que el Estado no quiso buscar.
Ahí está el Colectivo Solecito de Veracruz, que convirtió un terreno de Veracruz en uno de los mapas más dolorosos de la memoria reciente.
Ahí están también las mujeres de Hasta Encontrarte, en Guanajuato, enfrentando el miedo con una pala, una varilla y una fe obstinada.
Así, la búsqueda se vuelve otra forma de maternidad: una maternidad que no termina cuando la persona desaparece, sino que se transforma en una obstinación diaria por devolverle nombre y destino.
Todas esas mujeres tienen algo en común: el Estado les falló primero. La tierra les respondió después.
En México se escucha una consigna optimista desde el poder: “Todas llegamos”.
La frase, intenta nombrar una victoria histórica: la llegada de una mujer a la presidencia.
No llegan las mujeres que desaparecen camino a casa.
No llegan las hijas que salieron a trabajar.
No llegan las que el país convirtió en ausencia.
Y entonces otras mujeres —sus madres— salen a buscarlas.
El 8 de marzo también debería ser para ellas.
Para esas mujeres que no celebran conquistas políticas, sino pequeños hallazgos: un botón, una tela, un hueso que tal vez devuelva un nombre a la oscuridad.
Mientras haya una madre excavando la tierra con sus propias manos, el país seguirá teniendo una deuda con sus mujeres.
Y ese día —cuando ninguna madre tenga que salir a buscar a su hijo— entonces sí, tal vez, podremos decirlo sin que suene a consigna. Todas llegaron.
AGV

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